El Ágora de las musas
Valores
Por Rubí de María Gómez Campos *
(CIMAC).- Los valores en una sociedad son las costumbres
sustentadas en creencias, que hacen a una cultura ser la que es. Es
impensable una cultura sin valores. Tal cosa significaría una sociedad
sin prácticas habituales, un caos social en el que cualquier situación
es posible sin importar lo absurda que ésta sea (¿le suena?). Los
valores son los principios de actuación que dan rumbo y orientación a
las personas que conforman la sociedad humana.
Cada una sin embargo, a través de su cultura,
expresa diferentes valores como centro privilegiado de atención. Las
diversas maneras de valoración de ciertos valores convertidos en bienes
sociales dan a cada cultura su carácter, como también a las personas y a
la cultura en general.
En nuestro tiempo aparentemente los valores
dominantes se han circunscrito a tres: el dinero, la belleza y el saber,
concebido como conocimiento técnico. El dinero es para las sociedades
capitalistas liberales el valor último, mediante el cual se realiza la
vida fetichizada de la cotidianeidad moderna.
Los malls o centros comerciales se han convertido en
centro de reunión para los jóvenes. La vida social toda se construye en
torno a quien tiene; y quienes no, se conforman con aspirar a tener y a
imitar el estilo de vida de aquellos cuyo valor segundo es la belleza. Y
la belleza cuesta…
Desafortunadamente la belleza cuesta a veces mucho
más que dinero. Ser bella (o bello) es una de las consignas más fuertes
de nuestro tiempo. Más allá de que la belleza sea sustituida por un
modelo de belleza definido desde el poder y por ende caracterice los
rasgos de quienes lo detentan, la belleza se ha convertido en un
imperativo que la clase media afirma y reproduce en su búsqueda de
realización, a través del primer y principal valor que es el dinero.
La instrumentalización que produce este valor en
juego se traduce en el anhelo de posesión de un cuerpo y un rostro
"perfectos", que a su vez multipliquen el dinero.
Este binomio claramente co-referente y
autosuficiente que define el modelo de las relaciones humanas del
presente, depende irremisiblemente de un tercer valor de referencia que
podría redefinir, rediseñar, promover y hasta parar las formas viciosas
en las que el proceso civilizatorio se define. El conocimiento es el
valor, de estos tres principales, que podría convertirse en el factor de
cambio de una experiencia caótica y desviada ante el portento de la
humanidad.
Si bien hasta hoy el conocimiento ha sido un medio
de consecución de bienes producidos en el entorno de valoración del dios
del dinero; como alcanzar a representar el ideal de belleza que es
impuesto como una forma de representación de la modernidad; la
aproximación al verdadero y pleno conocimiento humano, concebido como
saber: vinculado a lo humano y capaz primero y sobre todo de llevar los
beneficios que produce la técnica a la resolución de las necesidades
humanas, es un auténtico valor que se mantiene vivo, aunque
distorsionado, en la desesperanzadora actualidad.
El saber humano reducido a conocimiento técnico, la
salud convertida en belleza y el dinero concebido como el Dios Supremo,
caracterizan los valores que la modernidad del último siglo ha traído al
juego social.
Los seres humanos de hoy se comportan como piezas de
ajedrez que son movidas externamente, según el libreto de la sin razón.
Otros valores como la solidaridad, la dignidad, la honestidad, la
verdad, la igualdad, la paz y la justicia, han sido suplantados por la
búsqueda de poder que da el dinero y la belleza.
Tales valores pueden ser tan aplastantes que hasta
el conocimiento puede ser convertido mediante ellos en moneda de cambio.
Así como el dinero puede en este momento conseguir belleza y la belleza
conseguir dinero, el conocimiento usado instrumentalmente puede
producir ambos, y éstos se han convertido a su vez en su motor más
poderoso. La reducción del saber a procesos estándares de conocimiento
técnico, regulados internacionalmente, no son más que el refuerzo
institucional de este proceso.
La forma de romper el círculo reforzado de esta
triada de valores modernos deshumanizantes es por cualquier lado que
permita alcanzar otras formas de conciencia y convivencia más allá de la
impuesta por procesos de miedo y de violencia.
Al menos se conservan las vías para echar a andar el
tren del conocimiento, si se vincula el saber al parámetro no de los
intereses particulares sino de lo humano. A partir de este único valor
en decadencia es posible y necesario comenzar a sembrar en la cultura
los parámetros que permitan, algún día, reconocer en el mundo humano
formas de auténtica belleza.
Por todo esto la compra-venta de títulos académicos
es, por lo pronto, una vergüenza que justifica los juicios de quienes
desvaloran los procesos institucionales de conocimiento. Sobre estos
criterios que desprecian el proceso auténtico del saber humano, la
corrupción académica lleva a la sociedad a retroceder o a mantenerse en
el atraso y sostiene la antigua creencia que renuncia a valores
superiores y mantiene a todos dependientes de la violencia; lo que se
traduce en la fórmula: "suerte te dé Dios, que el saber (y los valores
humanos superiores) poco te importen"...
* Académica y ex titular del Instituto Michoacano de
la Mujer